La alerta ambiental del coronavirus: por qué las empresas deben prepararse

Hoy, 22 de abril, se celebra el 50º aniversario del Día de la Tierra en todo el mundo, mientras continuamos viviendo una crisis de salud pública sin precedentes, que ha alterado la vida de miles de millones de personas. Aun así, este día sigue siendo tan importante como siempre.

La COVID-19 probablemente se originó en el comercio no regulado de animales salvajes, que es el segundo mayor responsable de la pérdida de biodiversidad. Esta crisis a la que nos enfrentamos subraya la importancia de mantener un planeta sano y sostenible para proteger la salud y la prosperidad económica. Y este interés también es responsabilidad de los líderes empresariales.

La aparición de virus como el SARS ya ha demostrado que el comercio de especies silvestres puede actuar como gran propagador de enfermedades infecciosas, pero no es el único motor ambiental que potencia la aparición de brotes como la COVID-19. El aumento de las temperaturas y los cambios en las precipitaciones han favorecido la propagación de mosquitos portadores del virus del Nilo Occidental y del Zika. La deforestación y la fragmentación del hábitat han aumentado las posibilidades de exposición al ébola, al virus Nipah y a la enfermedad de Lyme. Y a medida que el Círculo Polar Ártico se calienta y derrite el permafrost, los impactos en la salud siguen siendo desconocidos, y nos arriesgamos a liberar antiguos patógenos.

En otras palabras, el COVID-19 produce un impacto medioambiental negativo, similar a la contaminación tóxica, la inseguridad alimentaria y del agua, los fenómenos meteorológicos extremos y la subida del nivel del mar. Y al igual que estos otros impactos, supone una amenaza no sólo para la salud pública, sino también para la prosperidad económica.

Desde 1970, año en el que se celebró el primer Día de la Tierra, muchas empresas se han sumado a los movimientos de sostenibilidad y conservación, no sólo por mejorar su reputación, sino porque hoy en día los líderes empresariales lo reconocen como una necesidad empresarial. 

Parte de este cambio se está produciendo por el coste que supone tener una actitud pasiva frente al medio ambiente. Solo el año pasado, los incendios forestales asolaron lugares como California, Australia, Líbano, Indonesia, el Amazonas y el Ártico, causando estragos en las cadenas de suministro, el turismo y la construcción, al tiempo que cargaban a las comunidades con importantes costes de salud y productividad derivados de la grave contaminación atmosférica. Pero no se trata sólo de evitar pérdidas. Cada vez hay más estudios que demuestran que la sostenibilidad puede ser realmente rentable y de que las empresas con prácticas de sostenibilidad bien gestionadas obtienen mejores resultados.

En este sentido, los líderes empresariales están dando un paso adelante para formar parte de la solución. Se trata de un avance significativo para la acción climática global, dado que los gobiernos y las convenciones internacionales no han conseguido hasta ahora los resultados necesarios para frenar el calentamiento del planeta. Más del 60% de las empresas de la lista Fortune 100 y casi la mitad de las de la lista Fortune 500 han establecido objetivos relacionados con el clima. Aun así, es necesario que más empresas se comprometan con los objetivos del Acuerdo de París. Hasta ahora, más de 500 empresas han asumido tales compromisos.

Aunque las empresas han ayudado a llenar el vacío de liderazgo internacional en materia de clima, han sido más lentas a la hora de abordar otras cuestiones clave como la pérdida de biodiversidad. La suma total de los beneficios que proporcionan las poblaciones de fauna y flora silvestres prósperas y los ecosistemas estables está valorada en 125 billones de dólares al año. Este capital natural es la savia de las empresas. Y, como ha demostrado la crisis actual, un colapso de la naturaleza puede tener repercusiones catastróficas para las sociedades y las economías de todo el mundo.

Por esta razón, es esencial que las empresas adopten objetivos que vayan más allá de la reducción de sus emisiones de carbono y adopten prácticas de producción y gestión de residuos más sostenibles, se unan a asociaciones para conservar y restaurar los paisajes terrestres y marinos, y aprovechen su influencia para instar a proveedores y gobiernos a actuar.

Philipp Hildebrand, vicepresidente de BlackRock, señaló recientemente que la pandemia no es un "cisne negro" imprevisible, sino más bien un "rinoceronte gris": un acontecimiento de alta probabilidad e impacto que, sin embargo, se ignora hasta que es demasiado tarde. Y ahí está la verdadera lección del Día de la Tierra: No es demasiado tarde para prevenir el próximo evento potencial, ya sea una enfermedad infecciosa, un evento meteorológico extremo u otro choque ambiental para el sistema.

Las empresas deberán apostar por un futuro más seguro, más limpio y más próspero, tanto para las personas como para la naturaleza.