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El futuro del transporte marítimo: tecnología, riesgo y seguros

El futuro del transporte marítimo: tecnología, riesgo y seguros.

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Por Ana González

El 25 de noviembre de 1964, un extraño buque blanco entró en el puerto de Barcelona. Se llamaba NS Savannah y llevaba un reactor nuclear a bordo. No era un submarino ni un experimento militar, sino un barco mercante concebido para demostrar que el átomo también podía mover mercancías y pasajeros. Durante unas horas, el futuro estuvo amarrado al muelle.

Sesenta años después, la propulsión nuclear vuelve a aparecer en las conversaciones sobre el futuro del transporte marítimo. Y no es difícil entender por qué: un reactor permite navegar durante largos periodos sin repostar, ofrece una autonomía difícilmente comparable y no genera emisiones directas de CO₂ durante la operación. La tecnología existe, funciona y lleva décadas utilizándose en algunos de los entornos más exigentes del planeta. Entonces, ¿por qué no vemos buques nucleares cruzando los océanos?

La respuesta está menos en el barco que en todo lo que debe existir a su alrededor. Una central nuclear permanece en un lugar, bajo una jurisdicción y frente a una autoridad reguladora identificable. Un buque puede tener pabellón de un Estado, propietario en otro, operador en un tercero y hacer escala en puertos de medio mundo. El reactor no solo se mueve por el mar: se mueve entre leyes, autoridades y sistemas de responsabilidad distintos.

En ese viaje surge una pregunta aparentemente sencilla: ¿quién es el operador nuclear? Podría ser el armador, el propietario del buque, la empresa que gestiona el reactor o una entidad creada específicamente para asumir esa función. Pero la respuesta importa mucho. Los regímenes de responsabilidad civil nuclear canalizan la responsabilidad hacia el operador para que exista una persona claramente identificada frente a las víctimas y para exigirle una garantía financiera. Si esa figura se desdibuja, también lo hacen la responsabilidad, la reclamación y el seguro.

El sector marítimo sabe asegurar tormentas, incendios, colisiones, averías, daños a la carga y responsabilidad frente a terceros. Sin embargo, las pólizas marítimas suelen excluir expresamente el riesgo nuclear. No es un capricho: hablamos de un riesgo con muy pocos siniestros relevantes, consecuencias potencialmente muy elevadas y daños que pueden manifestarse mucho tiempo después.

Por eso, el seguro no puede llegar cuando el buque ya está construido. Debe formar parte del proyecto desde el principio, cuando todavía es posible decidir dónde termina el riesgo marítimo y empieza el nuclear, cómo se coordinan las coberturas y qué garantía financiera acompañará al reactor en cada jurisdicción. Y no estaría de más, resolver cuestiones tan prácticas como quien gestiona el acceso a puertos, la respuesta ante una emergencia o la gestión de una reclamación transfronteriza.

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